Estamos acostumbrados a oír que tal o cual especie de animal exótico está en peligro de extinción, pero ¿qué pasaría si fuéramos nosotros los que estuviéramos en peligro? Amenazados por nuestros propios excesos, por nuestro egoísmo, nuestra sed de riqueza y temeridad. En el mejor de los casos, algunos afortunados sobrevivirán para contarlo, pero puede que sientan vergüenza de nosotros al hacerlo. Avergonzados de nosotros los hombres, las mujeres, los niños que habitamos este planeta.
“Sólo los insectos tienen hoy motivos para estar de enhorabuena” leo en Crímenes contra el planeta de Ross Gelbspan, y puede que tenga razón. Un poco más de un siglo de industrialización galopante ha dejado a la Tierra asfixiada, atrapada en una nube de contaminación. Es el calentamiento global, una fiebre causada como dicen algunos por la acción de un agente infeccioso, un virus llamado hombre. El cambio climático está ahí, en las mangas cortas de quien dice que no pasa nada, en el paraguas que no sirve de nada bajo lluvias torrenciales o en la tierra que se seca bajo nuestros pies. En ese escenario, puede que sea cierto que los insectos se estén frotando las antenas en este mismo momento.

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