
En cierto modo, la humanidad entera se comporta como un fumador empedernido. Nuestra civilización no depende de los cigarrillos, pero sí de otro material que al quemarse echa humo. Y lo que para los humanos se llama enfermedad, en la Tierra recibe el nombre de contaminación. Según un informe de 1997 (ahora hace diez años), en el mundo había más de 600 millones de coches. Para 2030, ese número se habrá duplicado.
Al quemarse, la gasolina emite dióxido de carbono (CO2), un gas responsable del efecto invernadero y, según dicen, del famoso cambio climático. Con el tabaco, los humanos respiramos en cambio nicotina, alquitrán e incluso polonio 210, eso mismo con lo que mataron a un espía ruso.
Pero a pesar de causar sedentarismo, obstrucción de las vías respiratorias, cáncer e incluso la muerte, muchos humanos seguimos comprando cada día nuestro paquete de cigarrillos. Sabemos que tendremos que dejarlo algún día, pero nos decimos siempre que ya lo haremos mañana.
No soy adicto al petróleo. Puedo dejarlo cuando quiera. Sabemos que nuestro gran vicio está perjudicando el planeta, pero aún así seguimos echando humo. Porque lo necesitamos. ¿Lo necesitamos? Planeta fumador.
“Cuánta razón”, pienso mientras rebusco un encendedor en mi bolso.