¿Desplazarán los biocombustibles el cultivo de comida? ¿Aumentarán el precio de los alimentos? ¿Podría ser que su impacto sobre el medio ambiente fuera aún peor que la quema de combustibles fósiles? Estas son algunas de las cuestiones que plantea la FAO (la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) en su último informe.
Brasil y Estados Unidos lideran ahora mismo la industria del biofuel, aunque su producción a gran escala no ha hecho más que empezar. Según la FAO, la producción de biocombustibles se ha doblado en los últimos cinco años y probablemente se volverá a doblar de aquí cuatro. En 15-20 años, puede que los biocombustibles aporten el 25% del consumo total de energía.
Por otro lado, en los últimos 30 años las economías occidentales se han visto perjudicadas por subidas dramáticas del precio del petróleo. Pasó a mediados de los 70, otra vez a principios de los 80 y está pasando ahora mismo, con el barril de crudo muy cerca del precio récord. No extraña entonces que valga la pena buscar una alternativa a la gasolina, ni que sea con la caña de azúcar, el aceite de palma o el maíz. Además, al quemarse, los biocombustibles contaminan menos que el petróleo o el carbón, con lo que a primera vista la cosa parece una buena idea para combatir el famoso cambio climático.
Sin embargo, el informe de la FAO insinúa que tal vez este aumento en la producción de biocombustibles podría empeorar el cambio climático, poner en mayor peligro la biodiversidad y los recursos naturales y acabar perjudicando el empleo y el comercio. Pero no todo son malas noticias: la bioenergía también reducirá la pobreza, mejorará el acceso a los servicios básicos y promoverá el desarrollo en las zonas rurales.
Los defensores de los biocombustibles aseguran que su cultivo no pondrá en peligro la producción de alimentos, ya que su materia prima se cultiva en terrenos degradados, donde apenas crecería nada más. Según la UNCTAD (la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), el cultivo de biocombustibles mejorará sin duda la calidad de vida de los agricultores rurales.
Y en el fondo resulta lógico: teóricamente, todo (o al menos buena parte) del dinero que se llevan ahora los jeques árabes pasaría a manos de los campesinos del tercer mundo. Por eso, y a pesar de lo que dice la FAO, otros organismos de la ONU como la UNCTAD ya están haciendo campaña a favor de los biocombustibles, el nuevo crudo del siglo XXI. Lo cual, visto lo visto, no sé si para el tercer mundo resulta una buena noticia o más bien otra maldición.
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