¿Te has preguntado alguna vez de dónde viene -y adónde va- lo que consumes?
¿Te has preguntado alguna vez por qué consumes?
The Story of Stuff, un enlace muy adecuado para estas fechas.
Archivo del Autor de jordi flamarich
Si se fijan bien, en Bali apenas se discute sobre el clima; se discute de desarrollo, de crecimiento, de quién podrá seguir contaminando y cuánto. La comodidad del primer mundo nos la hemos ganado a base de CO2, y es lógico que los países en desarrollo quieran usar ahora esa misma gasolina que nos hizo crecer, la misma que cada vez es más cara y escasa. Y tal vez algún día, puede que de aquí no demasiado, miraremos atrás y veremos que la lucha global por los últimos recursos del planeta empezó negociando sobre el clima….
Pero el reloj no se detiene en Bali, y ya se acerca la hora de la típica declaración de buenas intenciones con la que suelen acaban estas reuniones de “alto nivel”.
Actualización: Ya está, lo volvieron a hacer. El objetivo de la reducción de emisiones (el gran asunto a debatir, ya que Kioto caduca de aquí nada) cayó a un triste pie de página, dejado como siempre a voluntad de los países. Si ésta es la “hoja de ruta” para “un pacto más ambicioso que el Protocolo de Kioto”, el pobre Yvo de Boer lo lleva claro…

Los hechos no dejan de existir porque sean ignorados.
Así se da la benvenida al cenit energético en esta web, donde el visitante tiene la opción de escoger entre dos respuestas a la afirmación anterior. Respondiendo sí (sí creo que vaya a producirse una crisis energética a nivel global), se llega a crisisenergetica.org, el manual de referencia para los conversos. Si se elige en cambio no (no creo que ocurra ningún problema grave cuando el petróleo desaparezca), el enlace te lleva a otro sitio…
Cenit energético te recibe además con un vistoso videoclip (Toc Toc: ¿Hay alguien ahí?), un observatorio energético e incluso eslógans para la “cultura de la crisis”. Un ejemplo más de campaña en favor del decrecimiento (aquí va otro, y otro), ante un peligro que los políticos definen como “aterrizaje suave” de la economía o “corrección del mercado” mientras nos distraen con los efectos del calentamiento global.
Pero no nos engañemos. A estas alturas de la película, cuesta creer que en Bali se esté discutiendo realmente sobre el clima. O que sea eso mismo de lo que habla Bush en sus convenciones paralelas que ahora quiere boicotear la Unión Europea. La cuestión no es el clima, sino quién va a quemar el resto de lo que queda de energía. Cuando no quede petróleo o éste sea un producto de lujo (como ya lo es, ¿no?), la reducción en las emisiones no va a ser del 25 o 40% como se pretende, sino de mucho más.
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El IPCC, flamante Nobel de la Paz junto al bueno de Al Gore, se reúne desde hoy y hasta el sábado en Valencia para emitir su informe final, el documento que resumirá años de trabajo científico sobre el famoso cambio climático.
Esta especie de libro verde del calentamiento global, aseguran, será el punto de partida de las negociaciones en diciembre próximo en Bali, donde se empezará a discutir sobre el futuro post-Kioto. El dichoso protocolo caduca en 2012, y visto lo visto, no parece existir demasiado acuerdo sobre qué hacer después.
La Unión Europea ya ha puesto su oferta sobre la mesa. En marzo, Merkel, Barroso y compañía plantearon reducir un 20% las emisiones de CO2 para 2020, con posibilidad de llegar a un 30% si el resto de países se subían al carro. También para esa fecha, el consumo de biocombustibles deberá llegar al 10%, y las renovables suponer un 20% del total de energía consumida.
En el otro extremo del cuadrilátero tenemos a Estados Unidos, cuyo presidente se niega en redondo a hablar de recortar emisiones mientras anda más preocupado por reducir su dependencia del petróleo. Y de público están los países en desarrollo, que se ven venir los molinos de viento de lejos cuando algunos de ellos todavía queman boñigas de vaca en casa para cocinar.
Con toda seguridad, al IPCC le costará sudores y lágrimas aprobar este informe final. De hecho, alguna de los informes anteriores estuvo a punto de acabar sin acuerdo, y existe el peligroso precedente de la Convención contra la Desertificación, que tras una semana de reuniones en Madrid acabó en papel mojado. Y por si fuera poco, la última reunión de Naciones Unidas sobre cambio climático, celebrada en Nueva York en septiembre, evidenció la incapacidad de nuestros políticos de enviar al mundo “una señal y colectiva” de que se va a hacer algo contra el calentamiento global.
PD: Por cierto, para el día 15 hay convocado otro apagón contra el cambio climático. Ya sabéis, eso de apagar las luces en casa durante cinco minutos como señal de conciencia ecológica. Lástima que el apagón no se haya convocado para de aquí unas semanas, porque así podríamos evitarnos también el consumo de esos miles de bombillas que se instalan en calles y comercios por Navidad… ¿no se trataba de ahorrar energía?
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El hidrógeno, pese a no ser una fuente de energía, se presenta a menudo como la solución a nuestros problemas de energía. Usado como combustible, el hidrógeno no produce CO2, por lo que ayudaría a mantener limpia la atmósfera de la Tierra.
Sin embargo,
cada una de las elecciones energéticas que podemos hacer, en términos de combustibles y tecnologías, tiene sus pros y contras asociados
asegura Michael Webber, director asociado en el Centro para Energía Internacional y Política Ambiental en la Universidad de Texas en Austin. Webber ha analizado el impacto que tendría una economía basada en el hidrógeno como sustituto de los combustibles fósiles. Suponiendo que su producción se basara en la electrólisis, su uso a gran escala podría empeorar aún más la escasez de otro preciado recurso: el agua.
El blog de Jumanji tiene los detalles.

El bueno de Al Gore fue noticia la semana pasada. Nobel de la Paz y Príncipe de Asturias, Gore está en la cresta de la ola. El ex vicepresidente es uno de esos personajes públicos que fácilmente resultan odiosos. Sus detractores (porque los hay), le acusan de forrarse dando conferencias (200.000 euros por el pase de power point), de contaminar volando en su jet privado e impedir el trabajo de los periodistas. Gore no concede entrevistas ni ofrece ruedas de prensa. Tampoco quiere muchas fotos.
Gore fue noticia la semana pasada porque vino a España a recoger el Príncipe de Asturias de Cooperación. Bueno, vino a eso y también a dar tres conferencias (Palma, Barcelona, Gijón) e impartir una master class en Sevilla a los nuevos reclutas hispanos del “ejército verde”. En siete días ésta fue más o menos la agenda del señor Gore:
Lunes 22 octubre. Conferencia en Palma de Mallorca durante el X Congreso Nacional de la Empresa Familiar.
Martes 23. A primera hora de la mañana, conferencia en Barcelona durante la inauguración del Congreso Inmas Forum. Por la noche, conferencia en Berlín durante un congreso del consorcio energético EnBW. También aprovecha el viaje para ver a la cancillera Merkel.
Miércoles 24. Gore visita Viena para reunirse con el canciller federal austríaco, Alfred Gusenbauer, y pronunciar una charla durante un encuentro empresarial sobre el uso de las nuevas tecnologías para combatir el cambio climático.
Jueves 25. Por la mañana, conferencia en el Teatro Jovellanos de Gijón dentro del programa de actos de la Fundación Príncipe de Asturias. Después, Al Gore viaja hasta París para reunirse con el presidente francés, Nicolas Sarkozy.
Viernes 26. De vuelta a Asturias, discurso y recogida del Premio Príncipe de Asturias en Oviedo.
Sábado 27 y domingo 28. Al Gore forma en Sevilla a 200 españoles elegidos para convertirse en los “nuevos líderes del cambio climático” dentro de The Climate Project, un programa de entrenamiento intensivo impartido por el propio Gore.
A pesar de tanto acto público, poco se sabe de lo que va diciendo Gore por ahí. Y no me refiero a lo que suelta en sus conferencias (para saberlo basta con ver Una verdad incómoda), sino a lo que tal vez es más interesante: a cada país que visita para dar una charla, Gore es recibido por el presidente de turno. ¿De qué hablará Gore con Sarkozy, Merkel, Zapatero y compañía? ¿Qué consejos les estará dando el gran profeta del cambio climático?
Su oportuna “mini-gira” europea llegó días antes de que los ministros de medio ambiente de la Unión Europea fijaran la postura del Viejo Continente frente a la próxima reunión de Naciones Unidas en Bali, momento en que se negociará el futuro del protocolo de Kioto.
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En anteriores capítulos: el bueno de Al Gore
En cualquier momento de este otoño, la Generalitat catalana pondrá en marcha el nuevo límite de velocidad para la llamada primera corona de Barcelona (16 municipios que rodean la capital). Serán 80 kilómetros por hora que se tendrán que respetar en carreteras, autovías y autopistas, donde el límite que nadie respeta está ahora en los 120.
El motivo: corriendo menos con el coche podremos reducir hasta un 25% las emisiones de CO2 de aquí a 2010, incluso un 30% si en la segunda corona (24 municipios más) no se pasa de los 90 kilómetros por hora. La contaminación, además de fastidiar al medio ambiente perjudica la salud, y si la redujéramos ni que fuera un 20% en Barcelona evitaríamos la muerte de 1.200 personas cada año.
El nuevo límite se aprobó a principios del verano, y ya entonces se puso el grito en el cielo. Se dijo que era una medida recaudatoria (más multas para los sufridos conductores), una burla para los que cada día se chupan atascos (ya querrían ellos circular a 80 por hora de ida o vuelta al trabajo) y una solución inútil al problema de la polución, ya que a 80 kilómetros por hora se consume más que a 100-120, por lo que al final acabaremos contaminando más.
Esta última afirmación, sin embargo, no es del todo cierta. En la autoescuela nos enseñaron a llevar el coche bien revolucionado para que no se calara nunca, a frenar reduciendo ruidosamente y a apurar las marchas para conseguir la mejor aceleración.
Definitivamente, un coche consume bastante más si se conduce a 80 km/hora en tercera o cuarta que haciéndolo a 120 en quinta. Pero el caso es que la quinta marcha sirve para algo más que para ir por autopista. De hecho, tal y como enseñan en los cursos de conducción eficiente que promueve el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (el IDAE, dependiente del ministerio de Industria), a partir de los 50-60 kilómetros hora ya se puede meter quinta, y en ese caso sí que se reduce el consumo de gasolina. Y por tanto, se reducen las emisiones.
Seguir o no estos consejos es una decisión personal (aunque en el fondo se esté hablando de ahorrar dinero en gasolina). Pero donde sí no se va a poder elegir es en el nuevo límite de velocidad. Una medida que, de ser coherentes, debería extenderse a otras ciudades españolas, ya que el sucesor del protocolo de Kioto se nos va a aplicar a todos. ¿O se pensaban ustedes que después de apretar las tuercas a la industria nos íbamos a ir los conductores de rositas?
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Supongo que a estas alturas de la película nadie duda de que Estados Unidos –o mejor dicho, George W. Bush– pasa olímpicamente de Naciones Unidas y su estrategia para frenar el cambio climático. El último espisodio de este largo divorcio pasó hace unos días, cuando Bush declinó amablemente asistir la reunión sobre cambio climático convocada en Nueva York por Ban Ki-moon, el secretario general de la ONU.
Allí acudieron jefes de gobierno de más de 150 países, pero no George Bush, quien sólo se presentó a una “cena de trabajo” para hacerse la foto de rigor. Y eso que Ban Ki-moon lo había citado para mostar al mundo “una señal clara y colectiva” de que se va a hacer algo contra el calentamiento global. Pero el presidente Bush ya se había montado la fiesta por su parte… Continuar leyendo ’señales de humo’

Por fin he conseguido ver El Gran Engaño del Cambio Climático (The Great Global Warming Swindle, Google Video, 75 min., subtítulos en español), el polémico documental que emitió el Canal 4 británico en marzo de este año. Polémico porque, como su propio nombre indica, el documental ataca ferozmente la “nueva religión” del calentamiento global.
La tesis es sencilla: el CO2 no es responsable del cambio climático. Al contrario de lo que se nos dice en las noticias, no existe acuerdo científico sobre qué influye -ni cómo- en el clima del planeta. Pero lo que sí está claro es que no es el CO2, asegura el documental.
Por otro lado, el hombre sólo emite una pequeñísima parte del CO2 que llega a la atmósfera. Los volcanes, por ejemplo, emiten mucho más dióxido de carbono que toda la industria, coches o aviones que hay en el mundo. Así pues, el hombre no tiene ninguna influencia sobre el clima, por lo que pedir que se reduzcan las emisiones de CO2 (como se debate ahora mismo en la ONU) vendría a ser como negar el progreso. El documental da un paso más y afirma que la “propaganda” del cambio climático es un intento de negarles los beneficios de la modernidad a los países en vías de desarrollo, obligándolos a usar energías renovables.
Según The Great Global Warming Swindle, quien en verdad rige nuestro clima es el sol, junto con las nubes y los rayos cósmicos. Los argumentos a favor de la teoría son convincentes, con aparición incluida del bueno de Al Gore, cuya película tiene aquí su contrapunto. Aún así, este documental no se ha librado de las críticas, e incluso alguno de los expertos que aparecen en él se ha quejado de la manipulación de sus declaraciones. Son justo los mismos errores que el Gran Engaño denuncia sobre los informes del famoso IPCC, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas.
Probablemente, la verdad (si es que se puede llegar a saber la verdad última) no esté en ninguno de los bandos. Hay demasiados intereses en juego, y también está el problema energético. Con lo que queda de energía no da para que 6.500 millones de personas lleven el tren de vida occidental. En otras palabras: estamos vendiendo una moto al tercer mundo que nunca podrán montar. Su futuro pasará por otra moto, o no pasará.
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Septiembre ha empezado con noticias sobre la subida del precio del pan, los huevos, la leche, la carne… Lo último ha sido hoy mismo en Italia, donde asociaciones de consumidores han convocado un “día sin pasta” como protesta por el “aumento injustificado de los precios de alimentos de primera necesidad”.
El culpable de esta situación es el encarecimiento del precio de los cereales, eso que crece en el campo y que constituye la materia primera (es decir, la energía) que nos mantiene sobre el planeta. Hablo de nosotros como especie: todavía no ha nacido nadie que no necesite comer. A muchos les ha faltado tiempo para acusar a los biocombustibles, esa mierda que le quieren poner ahora a los coches porque dicen que hay cambio climático. Los que los fabrican, lógicamente, dicen que la culpa de que los cereales sean más caros no es sólo suya, ya que también influye -y mucho- en su precio la industria de la alimentación. Con los cereales, si no se acuerdan, se hace el pan y se da de comer a los animales, eso que a su vez nos comemos luego para seguir trabajando.
Este es un problema global, es decir, que si un país tiene una mala cosecha (pongamos que ese año hizo mal tiempo) saldrá a comprar los cereales de sus vecinos, quienes a su vez, si tienen muchos pretendientes, acabarán vendiendo sus excedentes al mejor postor. Aquí en España, el Gobierno investigará si ha habido un pacto entre productores para subir precios violando las leyes de la competencia, y vigilará para que no se produzcan “acaparamientos o comportamientos anormales” en el país.
Un esfuerzo prácticamente inútil, ya que como se ha dicho antes, este es un problema global. No queda lejos el día en que los “acaparamientos” y los “comportamientos anormales” se produzcan a gran escala, entre países, no sea que un día se quedasen sin alimentos o gasolina, valga la redundancia.

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