Copas al calor del frío, leo en la Vanguardia, y me acuerdo entonces de que en Barcelona, justo delante de la playa, también tenemos uno de estos ejemplos de auténtica pornografía energética. ¿Realmente es necesario tomarse copas a -5º delante de la playa? Este tipo de chiringuitos deberían estar prohibidos… excepto en el Polo Norte, por supuesto.
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Publicado por 4 Julio 2008 en Energía. 0 ComentariosThe World Petroleum Congress is carbon neutral
No pueden ser más cínicos porque no entrenan.
Iba a escribir una entrada explicando cómo las protestas por el encarecimiento del petróleo no sólo están ocurriendo en España (aunque así lo parezca viendo las noticias en este país estrecho de miras), cuando he topado con este mapa en The Guardian que recoge las movilizaciones en el resto del mundo en las últimas semanas:
Como puede verse, las protestas aún no han llegado a Estados Unidos (el principal consumidor de petróleo y donde tener acceso a gasolina barata es poco menos que un derecho fundamental), pero en vista de este otro mapa publicado por el New York Times, donde se aprecia por regiones el impacto de la subida del combustible en las economías familiares norteamericanas, puede que la cosa sea -como siempre- sólo cuestión de tiempo.
Después de pescadores y taxistas, les toca el turno a los transportistas. La fiesta no ha hecho más que comenzar…
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Los objetivos hay que cumplirlos,
dicen desde la Comisión Europea. Los planes de la Unión Europea para los biocombustibles -un 10% del combustible usado por el transporte en 2020- no suponen “un peligro para la producción de alimentos”. La noticia es de hoy mismo, y con estas declaraciones los portavoces de Agricultura y Medio Ambiente de la Comisión Europea han salido al paso de un incómodo informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente donde se recomienda suspender este objetivo del 10% hasta que no se realicen más estudios sobre el impacto medioambiental de los llamados “carburantes ecológicos”. La noticia no es nueva -sin ir más lejos, el Parlamento británico pedía exactamente lo mismo a principios de año-, pero la Comisión Europea prefiere hacer caso omiso de las señales de alarma y seguir adelante con sus objetivos.
Así pues, nada importa que en Europa no haya terreno suficiente para cultivar la materia prima de este 10% de biocombustibles, ni que lo que falte se vaya a tener que importar de países donde la sostenibilidad -principio que la UE exige para la producción de biocombustibles en terreno europeo- sea una expresión tan exótica como biodiversidad, o que la mismísima ONU asegure que “producir biocombustibles es hoy en día un crimen contra la humanidad”.
Aquí, como en Estados Unidos, lo que importa de verdad es reducir ni que sea un 10% nuestra dependencia del petróleo. El Brent ha tocado ya los 112 dólares -seguir la escalada de precios del petróleo ha dejado de tener gracia-, y la cosa no pinta nada bien, aunque algunos sigan alegrándose por haber encontrado un “enorme yacimiento de petróleo”. ¿Cuánto nos durará? Y lo que es aún peor: ¿a qué precio? Agárrense, que vienen curvas.

Basta con un par de búsquedas en la red para ver que este par de pies han despertado bastante más interés que lo que han charlado Francia y Reino Unido esta semana. Ahora mismo, 287 a 1.332 resultados a favor de la señora Bruni.
Sarkozy llegó a Londres dispuesto a extender el tentáculo nuclear francés; en Francia, la energía nuclear proporciona el 80% de la electricidad que se consume en el país, cuatro veces más que en Reino Unido. En España, la nuclear aporta el 20% de la energía que mantiene vivo nuestro ordenador, aunque hay que reconocer que no goza de mucha simpatía. Aún así, el propio IPCC contempla la energía nuclear como un remedio -más bien parche- al cambio climático, algo que Europa (excepto Francia, claro) prefiere no escuchar, apostando en cambio por las renovables y los biocombustibles.
Precisamente éste es el argumento de Sarkozy: la lucha contra el calentamiento global exige medidas efectivas como la energía nuclear, que no emite CO2. Los residuos son peligrosos, es verdad, pero las centrales son ahora mucho más seguras que cuando pasó lo de Chernobyl. La energía nuclear es potente, fiable y ecológica, viene a decir Sarkozy.
Así presentada, la propuesta del presidente francés resulta casi tan seductora como los pies de Carla Bruni, aunque no hay que olvidar que lo de la nuclear es un parche, ya que el uranio también es un recurso finito y en unos años habría que pensar en su sustituto. Es verdad que existe eso de la fusión nuclear, pero todavía resulta una quimera.
Según la Wikipedia, “de conseguirse la fusión nuclear controlada a gran escala, una milla cuadrada de agua contendría la misma energía que todos los yacimientos petroleros conocidos y los que se estiman sin descubrir. Pero para eso faltan de 25 a 30 años por lo menos”.
En este mapa, el tamaño de los países es proporcional a sus reservas de petróleo, y el color se corresponde a su consumo diario de barriles. ¿Adivinan quién consume más? Una pista: es más pequeño que Nigeria.
Los datos son de 2004, por lo que andan un poco anticuados. También los de consumo, ya que China hace un par de años que ya es del mismo color que Estados Unidos; Rusia también ha cambiado.
También resulta curioso ver cómo reencuadrando el mapa con los países más grandes te sale una zona del mundo de la que no se habla muy bien en el resto.
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Como suele decirse, reconocer un problema es el primer paso para solucionarlo. Pues bien, por primera vez, una de las cuatro grandes petroleras privadas del mundo -en este caso, Shell- ha reconocido que la producción de crudo tocará techo en 2015. Es decir, de aquí a tan sólo siete años.
La noticia la he podido leer hoy en un medio generalista como La Vanguardia, aunque crisis energética la publicaba ya el viernes recogiendo y ampliando un artículo del Times. Las dudas para los escépticos deberían empezar a disiparse.
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Con el objetivo de mantener todos esos millones de coches en marcha y al mismo tiempo reducir las emisiones de CO2, el mundo se halla metido de lleno en la producción de biocombustibles, esa “maravilla ecológica” que además conseguirá reducir nuestra dependencia del petróleo. Sin embargo, no está muy claro que la medicina que supone el nuevo crudo del siglo XXI vaya a ser mejor que la enfermedad.
El Parlamento británico acaba de presentar un informe en el que pide a la Unión Europea que deje de fomentar el uso de biocombustibles, al menos hasta que se asegure de que su producción no va a resultar aún peor que el daño medioambiental que pretende evitar.
Las ventajas de los biocombustibles son bien conocidas: proceden de una fuente renovable (caña de azúcar, soja, maíz, remolacha…) y producen mucho menos dióxido de carbono cuando se queman, lo que ayudará a reducir el calentamiento global. También crean nuevos puestos de trabajo en la agricultura, permitiendo a los países más pobres salir de la pobreza.
Pero ¿y los inconvenientes? Aparte de la deforestación de bosques y selvas para conseguir terreno en el que plantar estos cultivos energéticos (lo que de paso elimina una importante vía para la absorción natural del CO2 en la atmósfera) y de su efecto sobre el precio de los alimentos básicos, muchos de los defensores de los biocombustibles parecen olvidar que toda la maquinaria necesaria para cosechar, trasladar y transformar estos cultivos depende de la gasolina de toda la vida, el petróleo. Todo ello sin olvidar que el abono y los pesticidas necesarios para conseguir que crezcan a toda velocidad resistiendo las plagas también se obtienen a partir del crudo.
De esta manera, y mientras no se encuentre otra manera de alimentar la maquinaria necesaria para su producción, lo que se está haciendo es cambiar petróleo por biocombustible, lo que, cual pez que se muerde la cola, nos deja prácticamente en el mismo punto de partida. Un poco más hambrientos, si cabe.
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