Los objetivos hay que cumplirlos,
dicen desde la Comisión Europea. Los planes de la Unión Europea para los biocombustibles -un 10% del combustible usado por el transporte en 2020- no suponen “un peligro para la producción de alimentos”. La noticia es de hoy mismo, y con estas declaraciones los portavoces de Agricultura y Medio Ambiente de la Comisión Europea han salido al paso de un incómodo informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente donde se recomienda suspender este objetivo del 10% hasta que no se realicen más estudios sobre el impacto medioambiental de los llamados “carburantes ecológicos”. La noticia no es nueva -sin ir más lejos, el Parlamento británico pedía exactamente lo mismo a principios de año-, pero la Comisión Europea prefiere hacer caso omiso de las señales de alarma y seguir adelante con sus objetivos.
Así pues, nada importa que en Europa no haya terreno suficiente para cultivar la materia prima de este 10% de biocombustibles, ni que lo que falte se vaya a tener que importar de países donde la sostenibilidad -principio que la UE exige para la producción de biocombustibles en terreno europeo- sea una expresión tan exótica como biodiversidad, o que la mismísima ONU asegure que “producir biocombustibles es hoy en día un crimen contra la humanidad”.
Aquí, como en Estados Unidos, lo que importa de verdad es reducir ni que sea un 10% nuestra dependencia del petróleo. El Brent ha tocado ya los 112 dólares -seguir la escalada de precios del petróleo ha dejado de tener gracia-, y la cosa no pinta nada bien, aunque algunos sigan alegrándose por haber encontrado un “enorme yacimiento de petróleo”. ¿Cuánto nos durará? Y lo que es aún peor: ¿a qué precio? Agárrense, que vienen curvas.


Sin embargo, ese mismo día, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se encontraba en Brasil, en la primera escala de una minigira por Latinoamérica para contrarrestar el populismo del presidente venezolano, Hugo Chávez.

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