La decisió d’Ascó de presentar la seva candidatura a acollir el Magatzem Temporal Centralitzat (MTC) -altrament dit cementiri- de residus nuclears ha aixecat aquesta setmana una tempesta de les bones, mediàtica i política. I no n’hi ha per menys: decidir què es fa amb uns residus que trigaran centenars, milers d’anys a perdre la seva radioactivitat és cosa sèria. Per aquest mateix motiu, no ens hem de precipitar a l’hora de jutjar la decisió de l’ajuntament d’Ascó. I sobretot, no hem de perdre de vista de què estem parlant.
Enmig de la tempesta s’hi ha pogut sentir de tot. Fins i tot el president Montilla s’ha posicionat al respecte, mostrant-se contrari a instal·lar a Catalunya la mateixa insfraestructura que ell va decidir que era necessària quan era ministre d’Indústria. Però no és aquest el debat, com tampoc és -com pretenen alguns- qüestió de dir simplement “no” a les nuclears. La qüestió ara és fer front a una realitat: a Espanya tenim vuit centrals nuclears en funcionament, tres d’elles a Catalunya, que generen uns residus dels quals ens hem de fer càrrec. Podem estar a favor o en contra de l’energia nuclear, que els residus encara hi seran. I n’hem de fer alguna cosa. Continuar llegint…

Basta con un par de búsquedas en la red para ver que este par de pies han despertado bastante más interés que lo que han charlado Francia y Reino Unido esta semana. Ahora mismo, 287 a 1.332 resultados a favor de la señora Bruni.
Sarkozy llegó a Londres dispuesto a extender el tentáculo nuclear francés; en Francia, la energía nuclear proporciona el 80% de la electricidad que se consume en el país, cuatro veces más que en Reino Unido. En España, la nuclear aporta el 20% de la energía que mantiene vivo nuestro ordenador, aunque hay que reconocer que no goza de mucha simpatía. Aún así, el propio IPCC contempla la energía nuclear como un remedio -más bien parche- al cambio climático, algo que Europa (excepto Francia, claro) prefiere no escuchar, apostando en cambio por las renovables y los biocombustibles.
Precisamente éste es el argumento de Sarkozy: la lucha contra el calentamiento global exige medidas efectivas como la energía nuclear, que no emite CO2. Los residuos son peligrosos, es verdad, pero las centrales son ahora mucho más seguras que cuando pasó lo de Chernobyl. La energía nuclear es potente, fiable y ecológica, viene a decir Sarkozy.
Así presentada, la propuesta del presidente francés resulta casi tan seductora como los pies de Carla Bruni, aunque no hay que olvidar que lo de la nuclear es un parche, ya que el uranio también es un recurso finito y en unos años habría que pensar en su sustituto. Es verdad que existe eso de la fusión nuclear, pero todavía resulta una quimera.
Según la Wikipedia, “de conseguirse la fusión nuclear controlada a gran escala, una milla cuadrada de agua contendría la misma energía que todos los yacimientos petroleros conocidos y los que se estiman sin descubrir. Pero para eso faltan de 25 a 30 años por lo menos”.