En esto de la lucha contra el cambio climático, Estados Unidos (o mejor dicho, George Bush y su camarilla) ha quedado siempre como el malo de la película. Terco como una mula, el gobierno de Bush se ha negado sistemáticamente a firmar el protocolo de Kioto o a tomar cualquier medida para reducir las emisiones de dióxido de carbono. El argumento de la administración norteamericana es sencillo: combartir el cambio climático puede suponer un freno al crecimiento económico.
Al otro lado del Atlántico, Europa frunce el ceño y asegura que el calentamiento global es un problema serio, una amenaza real a la que hay que poner remedio. Vista la caducidad del protocolo de Kioto, 2012, el Viejo Continente hizo en enero su propuesta formal de renovación: para 2020 tendremos que emitir un 20% menos de emisiones y usar un 20% de energías renovables (más un 10% de biocombustibles).
Ahora toca ponerse manos a la obra, y aunque Europa ha dicho siempre que la protección del medio ambiente no está reñida con la economía -de hecho, puede incluso ser un buen negocio-, la realidad es igual de terca que la mula de Estados Unidos: la UE teme que su política ambiental ahuyente a la industria. El discurso de Bush empieza a entenderse por estos lares… aunque bien pensado, los primeros que se están yendo a pique son ellos, y eso que no adoptan ninguna medida.
El 23 de julio de 2001,
El 6 de julio de 2005, el G-8 volvió a reunirse en Gleneagles. Los grandes jefes del mundo escogieron un hotel apartado en medio del campo y rodeado de una 
Sin embargo, ese mismo día, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se encontraba en Brasil, en la primera escala de una minigira por Latinoamérica para contrarrestar el populismo del presidente venezolano, Hugo Chávez.

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